Era joven… quizá también algo distraída. Acababa de pasar un mes en Londres estudiando la lengua de Shakespeare, el curso había concluido y antes de volver a Buenos Aires me esperaban 30 fabulosos días recorriendo a piacere algo de Europa.

Berna
No recuerdo exactamente adónde debía dirigirnos el tren aquel día, pero lo que importa es que tanto mi compañera de viaje como yo nos quedamos dormidas a pesar de la advertencia de que debíamos estar atentas para en cierto momento cambiarnos de vagón. Y así fue que en algún momento de la noche nuestro coche se unió a una nueva locomotora y nosotras, entre sueños, acabamos en Berna, Suiza. No estaba mal… salvo por el detalle de que eran las 5 de la mañana, pleno invierno, y de Berna no sabíamos nada.
Entonces decidimos tomar un autobús y recorrer azarosamente la ciudad. Una vez retornadas a punto de destino, la estación central, consultamos a un parroquiano respecto a qué hacer. Nos sugirió no perdernos los osos bailarines que se reunían cada hora en punto en torno al reloj de la entrada a la ciudad. ¡Osos bailarines!, sonaba fabuloso.

Reloj de Berna
Hacia allí nos dirigimos y durante 50 minutos esperamos ansiosas, casi congeladas y en absoluta soledad (pues parecía que a horas tan tempranas a nadie le conmovía semejante show), que por fin aparecieran esos imponentes animalitos símbolos de Berna.
Y la hora llegó… y nada. Ningún oso a la vista. Decepcionadas, consultamos a dos hombres que pasaban por allí qué pasaba con el espectáculo: “Did you see the dancer bears?” habremos preguntado. Y fue ahí cuando uno de ellos señaló la torre del reloj: de su interior asomaban las figuras de unos ositos que giraban y, luego, le cedían su lugar a un gallito para que soltara su “kikiriki” (a pesar de que se trataba de un reloj cu-cú).
Lo primero que pensé fue que evidentemente mi mes en Londres no había mejorado mi comunicación en inglés. Recordé a mis padres, que habían costeado mi viaje de estudios, y casi me avergoncé. Luego percibí que una inocencia efecto Heidi de la pradera en medio de Suiza se había posesionado de mí y de mi compañera. Porque ¿cómo se nos pudo haber ocurrido que en medio de la calle aparecían cada una hora una tropa de osos para bailar ante los ojos de los curiosos?
Ante semejante panorama, simplemente me eché a reír. Luego, mi amiga y yo tomamos nuestras enormes mochilas y nos fuimos a la oficina de turismo para preguntar en nuestro elemental inglés qué otras cosas de Berna podíamos visitar.

Deby en el Zoo de Berna
Ahora, al evocar este disparate, pienso que los viajes nos transportan a una dimensión más allá, en la que todo aquello en lo que queremos creer se vuelve sino real, al menos posible. Quizá porque al dejar nuestro lugar cotidiano nos libramos de muchos condicionantes que día a día, en medio de las obligaciones, nos conducen naturalmente a racionalizar. Es esa libertad, esa credulidad, esa inocencia típica de la niñez, una de las más bellas sensaciones que al menos yo siento al viajar.
Por cierto: si vas a Berna, no pierdas tu tiempo frente al reloj cu-cú. En esta ciudad hay muchísimas mejores cosas para hacer, como por ejemplo visitar el zoológico natural enclavado en el medio del Bosque Dählhölzli. Infórmate mejor que yo
y disfruta tu estancia en Berna.