La verdad de Roma

Escrito por el 30/08/08 10:15

Durante el mismo viaje a Europa en el que visité sorpresivamente Berna, me tomé unos días para conocer la espléndida ciudad de Roma. La cantidad de cosas que ansiaba ver en la capital de Italia eran demasiadas para mi corta estancia.

El foro romano

El foro romano

Por ejemplo, entre lo que constituye la Roma antigua, no quería perderme el Coliseo, el Palatino, el Foro ni el Campidoglio. Tampoco podía omitir el legado del Renacimiento y del Barroco aglutinado mayoritariamente en el centro histórico: el Palacio Farnese, el Campo de’Fiori, la Plaza Navona, el Panteón, el Palacio Montecitorio, la Plaza de España, la Fontana de Trevi, etcétera. Ni dejar pasar la oportunidad, claro está, de ver con mis propios ojos la Roma cristiana: el Vaticano, sus museos y basílicas, entre otras maravillas.

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Bariloche: ciudad de egresados

Escrito por el 30/08/08 04:21

Lago Nahuel Huapi

Lago Nahuel Huapi

Recuerda este joven periodista su breve paseo por la ciudad de San Carlos de Bariloche, una de las famosas ciudades de la República Argentina, ubicada en la provincia de Río Negro.

Era por el año 2004, cuando emprendimos con mi grupo de compañeros del colegio nuestro inolvidable viaje a Bariloche. En aquel momento en que uno no tiene noción del tiempo, ni responsabilidades. Con poca seguridad de qué podía hacer y dónde iba a estar, subí al autobús y soñaba ya con aquel hermoso paisaje. Tan equivocado no estaba, no tenía idea de lo que podía llegar a esperar hasta llegar a destino. Mi primera impresión fue rotunda, “que maravilla de ciudad”, me enamoré de su arquitectura, su gente y por supuesto también de su paisaje de postal.

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Los osos de Berna

Escrito por el 27/08/08 17:12

Era joven… quizá también algo distraída. Acababa de pasar un mes en Londres estudiando la lengua de Shakespeare, el curso había concluido y antes de volver a Buenos Aires me esperaban 30 fabulosos días recorriendo a piacere algo de Europa.

Berna

Berna

No recuerdo exactamente adónde debía dirigirnos el tren aquel día, pero lo que importa es que tanto mi compañera de viaje como yo nos quedamos dormidas a pesar de la advertencia de que debíamos estar atentas para en cierto momento cambiarnos de vagón. Y así fue que en algún momento de la noche nuestro coche se unió a una nueva locomotora y nosotras, entre sueños, acabamos en Berna, Suiza. No estaba mal… salvo por el detalle de que eran las 5 de la mañana, pleno invierno, y de Berna no sabíamos nada.

Entonces decidimos tomar un autobús y recorrer azarosamente la ciudad. Una vez retornadas a punto de destino, la estación central, consultamos a un parroquiano respecto a qué hacer. Nos sugirió no perdernos los osos bailarines que se reunían cada hora en punto en torno al reloj de la entrada a la ciudad. ¡Osos bailarines!, sonaba fabuloso.

Reloj de Berna

Reloj de Berna

Hacia allí nos dirigimos y durante 50 minutos esperamos ansiosas, casi congeladas y en absoluta soledad (pues parecía que a horas tan tempranas a nadie le conmovía semejante show), que por fin aparecieran esos imponentes animalitos símbolos de Berna.

Y la hora llegó… y nada. Ningún oso a la vista. Decepcionadas, consultamos a dos hombres que pasaban por allí qué pasaba con el espectáculo: “Did you see the dancer bears?” habremos preguntado. Y fue ahí cuando uno de ellos señaló la torre del reloj: de su interior asomaban las figuras de unos ositos que giraban y, luego, le cedían su lugar a un gallito para que soltara su “kikiriki” (a pesar de que se trataba de un reloj cu-cú).

Lo primero que pensé fue que evidentemente mi mes en Londres no había mejorado mi comunicación en inglés. Recordé a mis padres, que habían costeado mi viaje de estudios, y casi me avergoncé. Luego percibí que una inocencia efecto Heidi de la pradera en medio de Suiza se había posesionado de mí y de mi compañera. Porque ¿cómo se nos pudo haber ocurrido que en medio de la calle aparecían cada una hora una tropa de osos para bailar ante los ojos de los curiosos? :D

Ante semejante panorama, simplemente me eché a reír. Luego, mi amiga y yo tomamos nuestras enormes mochilas y nos fuimos a la oficina de turismo para preguntar en nuestro elemental inglés qué otras cosas de Berna podíamos visitar.

Deby en el Zoo de Berna

Deby en el Zoo de Berna

Ahora, al evocar este disparate, pienso que los viajes nos transportan a una dimensión más allá, en la que todo aquello en lo que queremos creer se vuelve sino real, al menos posible. Quizá porque al dejar nuestro lugar cotidiano nos libramos de muchos condicionantes que día a día, en medio de las obligaciones, nos conducen naturalmente a racionalizar. Es esa libertad, esa credulidad, esa inocencia típica de la niñez, una de las más bellas sensaciones que al menos yo siento al viajar.

Por cierto: si vas a Berna, no pierdas tu tiempo frente al reloj cu-cú. En esta ciudad hay muchísimas mejores cosas para hacer, como por ejemplo visitar el zoológico natural enclavado en el medio del Bosque Dählhölzli. Infórmate mejor que yo :D y disfruta tu estancia en Berna.


Cataratas del Iguazú, mucho más que una simple aventura

Escrito por el 27/08/08 03:03

Cataratas del Iguazú, Argentina

Cataratas del Iguazú, Argentina

Cada vez que visito las Cataratas del Iguazú trato de sacarle el mayor provecho al viaje y disfrutarlo como si se tratara del último. Afortunadamente esta sensación pude experimentarla en más de una ocasión.

Descubrí que lo mejor es iniciar el periplo desde Posadas, la capital de la provincia de Misiones, al norte de Argentina. Aunque la localidad de Puerto Iguazú, distante a sólo 16 kilómetros del Parque Nacional Iguazú, cuenta con un aeropuerto internacional, la distancia a recorrer desde la ciudad capitalina hasta aquí (300 kilómetros) tiene un aditamento aventurero que nadie debería desaprovechar.

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La Habana: una máquina del tiempo

Escrito por el 25/08/08 08:04

La Habana, Cuba

La Habana, Cuba

Desde el momento en que puse un pie en el aeropuerto internacional de La Habana, José Martí, supe que mi viaje sería una experiencia asombrosa, ya que en esta ciudad el tiempo corre a un ritmo extraño y se detiene por momentos.

Al comenzar mi recorrido por las calles del casco histórico de La Habana y llegar a la intersección de las calles del Empedrado y O’Reilly, sentí que el tiempo se había detenido en el siglo XVI. La hermosa Catedral, la Plaza de Armas, los antiguos edificios y conventos, me ubicaban en un momento de la historia donde lo único que me faltaba era oír los cañonazos de la Fortaleza de San Carlos de la Cabaña anunciando un temido ataque pirata. Por suerte eso no ocurrió y pude seguir mi recorrido en forma tranquila por la ciudad, disfrutando de la inmensa cordialidad de su gente.

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