Barcelona pintada por Gaudí
Siendo muy joven me anoté en la Escuela de Bellas Artes. Luego, mi encuentro con el psicoanálisis, que por cierto tiene mucho de invención, pudo más. No obstante, siempre que me acerco a un artista me saco el sombrero, ¡siempre!
A Gaudí lo conocí viviendo en España y a través de mi marido, quien le profesa una profunda admiración. Así llegué a su obra cumbre: la Sagrada Familia.
Antonio Gaudí nació en Barcelona en 1852 y es considerado el padre del modernismo catalán. Sin embargo, su infinita capacidad creativa, su original modo de entender la arquitectura y su tendencia innata a la innovación hicieron de Gaudí, primero, un artista, y luego, por añadidura, un arquitecto. Sus obras podrían estar, perfectamente, expuestas en una galería de arte: de hecho, dicen que no era amante de los planos. Lo que yo creo es que Gaudí iba pintando sus obras.
Su figura fue injustamente olvidada y reivindicada en primer lugar por Salvador Dalí, en los años cincuenta. No me parece éste un dato menor. A mi entender, uno puede ir a Barcelona a practicar estrictamente un “turismo Gaudí”; así lo entienden en Japón, donde el arte del catalán es muy admirado. En este sentido, ¡soy muy japonesa! Al ver sus obras, uno puede imaginarse que está recorriendo distintas salas de un museo, porque Gaudí fue más allá del modernismo efervescente de su época e integró en su estilo personal una síntesis perfecta de diversas corrientes del arte y de los oficios, creando un lenguaje arquitectónico único.
La principal fuente de inspiración de Gaudí fue la naturaleza, de la que extrajo formas orgánicas y anárquicas. En efecto, las columnas helicoidales y la bóveda hiperboloide de la Sagrada Familia responden a esa estructura. La distribución del espacio, el aprovechamiento de la luz solar -que él consideraba la más exquisita- y la estructura del esqueleto humano o la de un junco -que creía las más perfectas- fueron cruciales para perfeccionar lo que consideraba un arte imperfecto: el gótico.
Como todo genio Gaudí no se casaba con nadie. Por eso podía crear sin reproducir y sirviéndose de lo ya existente. En su obra se pueden reconocer distintas etapas.
La primera estuvo marcada por una fuerte influencia del arte oriental y durante este periodo produjo obras como: el Capricho (en Comillas, Cantabria), el Palacio Güell, los Pabellones Güell y la Casa Vicens (las tres, en Barcelona).
La segunda estuvo signada por la corriente neogótica e incluye: la Casa Botines (ciudad de León), el Colegio de las Teresianas, la Casa Bellesguard y parte de la Sagrada Familia (las tres, en Barcelona).
Por último, Gaudí llega a su etapa naturalista, que es la más orgánica. Aquí se inscriben la Casa Calvet, el Parque Güell, la Casa Batlló, la Puerta de la Finca Miralles y también la Sagrada Familia. En todas ellas, que están en Barcelona, se destacan las representaciones mitológicas y vegetales, las columnas con formas óseas, las fachadas con piedras talladas y los balcones de hierro que dibujan un antifaz.
En fin… el lenguaje siempre cojea frente a la creatividad de un hombre, pero permite rendirle un pequeño homenaje, como este post.
Si aún no conoces a Gaudí, reserva tu hotel en Barcelona y recorre la ciudad. Por lo demás, solo te queda disfrutar del arte de este particular genio.



