Semana Santa en Sevilla – Parte II
Te decía en el post anterior que la cultura popular de Sevilla se manifiesta en la Semana Santa y en el flamenco. Y ahora agrego que además esta cultura introduce ritmos en esta hermosa ciudad de Andalucía.
Por ejemplo, el ritmo de Sevilla se altera con la Semana Santa: se reduce la jornada laboral o directamente se decreta asueto, la autovía se atasca en cualquier horario, el autobús tarda tres veces más de lo habitual en llegar a destino y no puedes aparcar el coche en ningún sitio… Y nada de esto parece importar.
En mi primera Semana Santa de Sevilla, cuando por fin logré subir a uno de los palcos de la Avenida de la Constitución y ver pasar a las hermandades, me acordé de mi padre, porque gracias a él pude leer en esas impresionantes representaciones teatrales cada una de las escenas bíblicas, una tras otra, como las leía de pequeña en el libro sagrado. Entonces la Semana Santa cobró ese sentido para mí: el de puesta en escena de un texto sagrado, sólo que en este caso el teatro sale a las calles de Sevilla.
Mi padre y un poeta fueron mis dos referentes para acercarme a la esencia de la Semana Santa de Sevilla. Siempre fui amante de Serrat, pero fue necesario transitar esta experiencia para captar en toda su dimensión la interpretación sublime que hace de La saeta de Antonio Machado. ¿Recuerdas la letra?:
“Dijo una voz popular:/ ‘¿Quién me presta una escalera / para subir al madero?/ Para quitarle los clavos / a Jesús el Nazareno’ / Oh, la saeta el cantar/ al Cristo de los gitanos/ siempre con sangre en las manos/ siempre por desenclavar/ Cantar del pueblo andaluz/ que todas las primaveras/ anda pidiendo escaleras/ para subir a la cruz/ Cantar de la tierra mía/ que hecha flores/ al Jesús de la agonía/ y es la fe de mis mayores…” ¡Qué fuerte!
La misma saeta que escuché cantar en el Bar de Anselma (Pages del Corro, 45), en el barrio de Triana, por la misma Anselma, que es un pedazo de artista. Las luces iban bajando, las velas se encendían y la multitud permanecía en silencio, como si desde el cielo bajase un ángel, para oír en la voz de Anselma, gitana pura, el canto del pueblo andaluz.
La piel se me ponía de gallina y las lágrimas me brotaban de los ojos, la sangre me corría caliente por las venas y una pasión se apoderaba de mí como si todo eso que estaba aconteciendo, de alguna manera, me perteneciese. Sin darme cuenta, formaba parte de toda esa emocionalidad y estaba tan implicada como cuando escucho un tango y pienso en Buenos Aires. ¡Qué fuerte!
Entonces entendí qué significaba aquello de que al viajar haces mundo. No se trata de viajar mucho, sino de salir de tu mundo propio para, sin abandonarlo, entrar en otros desconocidos hasta entonces. De esta experiencia nadie sale intacto.
Aquello pasó hace tres años y no volví a pisar una iglesia, excepto con fines turísticos. Pero eso sí, cada abril vuelvo a Sevilla, a leer ese libro que mi padre me acercó de pequeña, porque su Semana Santa no me la pierdo por nada del mundo.
Y te consejo que tampoco tú lo hagas: créeme que la Semana Santa de Sevilla te va a emocionar, aunque seas el mayor de los escépticos.
Por si aun así no me crees, te dejo con Anselma, sintiendo el canto del pueblo andaluz.



